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martes, 29 de noviembre de 2011

¿Qué tienen los treinta y cinco?


“Ponte tus zapatos de tacón y taconea”

Por: Lisseth Angel Valencia

Los treinta y cinco nos pone, a quienes acabamos de entrar a ellos, a cuestionarnos sobre su significado. Ya no tenemos los famosos y glamurosos treinta, y sí nos acercamos a los temidos cuarenta. (Aunque a estas alturas empiezo a descubrir que es más la mala fama, porque al parecer, son una sabrosura.)

Los de treinta y cinco estamos casi que en la mitad. En la mitad de la sociedad que tiene altas expectativas con esta edad, en la mitad de nosotros mismos con nuestras propias expectativas, y en la mitad de la vida promedio.

Empezando por los grandes imaginarios sociales que existen alrededor de esta edad; o más bien, por las imposiciones sociales, a los 35 ya deberíamos tener carro, casa y beca –o en su defecto “deudas”, lo que culturalmente se interpreta como una situación económica más bien definida-. Pero todos sabemos que la situación actual en Colombia es otra y en esta época de la vida hasta ahora estamos empezando a arrancar o a endeudarnos.

Lo que pasa es que a los 35, la generación de nuestros papás, ya tenía mínimo un hijo de doce años y ya había empezado a abonar juiciosamente a la cuota de la casa. Además, los matrimonios amigos ya eran “compadres” entre sí y la auto imagen estaba asociada a la seriedad, la responsabilidad y por supuesto, a la adultez.

En mi caso, los 35 me tomaron por sorpresa, porque me pusieron a verme de frente al espejo y lo que descubrí en medio de mi gran asombro es la evidente aparición de algunas arruguitas y unas canas (bien tapadas por la tintura), también me mostraron mi gran apatía de ir a multitudes y conciertos solo por evitar que me empujen, sumado a la enorme molestia que siento cada vez que me llaman “señora” en todo lado.

Claro, también pasan cosas como que un viernes en la noche prefiero quedarme viendo comedias románticas en mi casa en vez de ir a los estruendosos bares de antes, o que las cenas con los amigos ya no van más allá de las doce de la noche… y quizá la prueba más contundente de mi llegada a la adultez salta a la vista cuando me suelto a hablar de “mis buenas épocas” con jóvenes modelo 85. ¡Qué horror!

El año pasado la palabra “adultez” tan solo se asomaba de vez en cuando en mi ventana, pero este año, me la encuentro cada vez más seguido en lugares insólitos como los que ahora escojo para pasar mi tiempo libre, en mi escritorio, -en medio de tareas aburridas- y en los arrumes de cuentas por pagar cada mes. Al principio, decidí salir corriendo y me hacía la loca, pero exactamente el 10 de agosto de este 2011, me cogió por el cuello, me hizo una llave (estilo cinturón negro) y me doblegó.

Al principio, patalié, grité y me enfurecí (porque era el colmo que me tomara “desprevenida”), pero luego, al quedarme quietica, descubrí que la mejor manera de estar a su lado es no pelear.

De todos modos, cuando me di cuenta que su presencia era inevitable, me asuté, para qué lo voy a negar… y entonces, me puse a pensar a qué le tengo tanto miedo y descubrí que le huyo a convertirme en una adulta seria, acartonada y aburrida… porque desafortunadamente, esos son los parámetros que tengo de los treinta y cinco.

Pero afortunadamente, en simultáneo, también descubrí que de música de fondo en mi vida, sigue sonando una canción de rock estilo “radio friendly unit shifter” de Nirvana, un poco rebelde, un poco densa, un poco trasgresora… y en mis aspiraciones más grandes, continúa encabezando la lista el deseo de conocer países, de recorrer a Colombia, de montarme en lanchas, de nadar en mares tropicales y de conocer a desconocidos.

En esencia seguimos siendo los mismos, tal vez con roles diferentes, ó con disfraces más convenientes a los nuevos roles sociales, lo que está bien, porque uno no puede embalsamarse en “sus mejores épocas” y dejar de tomar de lo que actualmente es y de lo que aspira.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención, es que, precisamente, algunas de mis más serias aspiraciones se han ido transformando, esfumando o reemplazando por otras, a tal punto, que hoy, mi mayor deseo es dedicarme a escribir libros infantiles, crónicas de viajes y llevar a las mujeres a tener vacaciones espirituales… nada de eso ni lo pensaba hace diez años cuando me imaginaba a los 35 totalmente segura de mí misma, como en la cima de una montaña de la que ondeaba la bandera reluciente de mi adultez, donde el eje central era la dedicación a mis oficios laborales formales.

Y por eso, los 35 son enigmáticos, porque desde ellos, es que se empiezan realmente a tomar decisiones relevantes, con algunas lecciones aprendidas a cuestas, con el corazón remendado, con la certeza de poder cumplirse a "uno mismo" y con los planes en remojo.

Mis proyectos personales todavía están en construcción y creo que irán llegando nuevos, unos cuantos se irán transformando y otros los iré consolidando, pero lo que considero realmente importante es poder “tomarse” para empezar a avanzar. Y si de los cuarenta se trata, creo que a esa edad, viene realmente lo bueno…

Nada está escrito, “se hace camino al andar” (y ese dicho sí que es generacional)… Por fortuna no sólo hay un camino, aunque la sociedad insista en que el carro, la casa y las deudas, son el único. Sin embargo, hay cientos de posibilidades, de desviaciones, de trochas y de autopistas para transitar la adultez de manera personal.

Si a mí me dieran a elegir, me quedaría en los 27. Pero lo cierto, es que ese deseo no me lo va a cumplir Aladino y lo mejor que puedo hacer, es inventarme mi propia “adultescencia”, ese estado crossover que toma lo mejor de la adultez y la rebeldía de la adolescencia, para llegar con tranquilidad a los setenta y no rayada desde ya, quejándome porque el tiempo se pasó muy rápido y me volví prematuramente vieja... Así que, desde hoy me doy la bienvenida oficialmente a mis 35.


martes, 13 de septiembre de 2011

Sí, acepto

Por: Lisseth Angel Valencia

Esta historia empieza con mi obsesión de llevar en mi mano un anillo de compromiso con un diamante reluciente y femenino. Con paradas en joyerías, cotizaciones, catálogos…

Fabián, (mi compañero, mi novio, mi marido…) sabe muy bien lo que ha sido eso. Al principio, empezó a rondar en mi cabeza el tema del matrimonio, entonces, mis amigas y yo, diseñamos en nuestras conversaciones delirantes cómo sería el vestido, qué música sonaría, dónde se realizaría…

Del mundo de los sueños, luego pasé a la etapa de la “comercialización” de la idea. Por tanto, tenía que convencer a Fabián de casarse conmigo, con tan mala suerte que no le sonó la flauta y el asunto se volvió cada vez más denso, al punto de convertirse en tema vetado en la relación.

Ahí surgió mi primera pregunta importante: ¿cómo creer en esta relación sin estar casada? La verdad, me quedé congelada, porque así parezca todo lo contrario desde afuera, mi esencia es totalmente similar a la de Susanita, la amiga de Mafalda que siempre está pensando en el esposo, los hijitos y la casita.

La pregunta me puso telúrica. ¿Cómo era posible que el hombre con quien mejor me la he llevado, mi coequipero, mi cómplice…. no se quiera casar conmigo? La primera respuesta fue, casi sacada de una película: “eso demuestra que no se quiere comprometer”, o sino, tan pronto lo propuse, él habría salido corriendo a comprar “ese” anillo y a armar el matrimonio.

Pero no pasó así y tampoco sentía que el tema fuera la falta de amor y de compromiso, porque la evidencia contundente que da el compartir, dormir y aguantarme –en mis malos ratos- demostraban todo lo contrario. Entonces, opté por abandonar la idea y seguir la vida en pareja desde esta nueva perspectiva: sin matrimonio.

Pero por supuesto, mi obsesión por el dichoso anillo de compromiso seguía rondándome la cabeza y yo, continuaba probándome cuanto anillo veía en cada joyería, arrastrando a Fabián para ver si al vérmelo puesto, llegaba el hada del entusiasmo y él se animaba, pero nada…

Como ya Fabián estaba acostumbrado a que lo jalara a todas las joyerías, en esta ocasión para él no hubo ninguna novedad, pero para mí sí, porque había encontrado el anillo que me movió el corazón, tenía esa forma de los anillos de compromiso que tanto me seducen, coronado por una perla bellísima muy sencilla.

Me latió el corazón muy fuerte y por primera vez, no hice show, no traté deconvencerlo, no dije nada… simplemente, me lo medí, pregunté el precio y seguí como si nada esa tarde. Pero algo por dentro me latió y tuve la absolutacerteza de que NECESITABA tenerlo.

Dejé que la ansiedad se me bajara y empecé a diseñar un plan para seducir a Fabián con el fin de que me lo comprara, pero luego, ¿cómo iba a dármelo? Era necesario urdir un plan de compromiso... pero ya estábamos comprometidos el uno con el otro hasta los huesos, entonces, ¿qué esperaba yo obtener de todo ese plan?

Lo mejor de todo, es que el anillo me seguía llamado con voz propia y en uno de esos llamados, me llegó un mensaje clarísimo: ¡necesitaba comprometerme conmigo misma!

No lo podía creer... era totalmente ridículo, era una disculpa mía para tener ese anillo, era un premio de consolación dármelo a mí misma, era renunciar al sueño del anillo entregado por Fabián, con la intención de “comprometernos formalmente”...

De todos modos, el tema me quedó sonando, porque desde hace rato, venía sintiendo que precisamente ESO era lo que le faltaba a mi vida. Un poco de entusiasmo y de compromiso conmigo misma no me vendría nada mal y al contrario, sería la oportunidad perfecta para sellar un acto de amor que venía aplazando desde hace muchos años.

Es indescriptible el miedo que sentí. Me iba a comprometer formalmente conmigo misma y no creía tener la férrea convicción de cumplirme, porque todo este tiempo solo había girado en la idea de recibir el anillo de manos de Fabián para comprometerme con él.

Por fin me puse sensata y me sorprendió la manera como me había abandonado a mí misma. De repente, me sentí con muchas ganas de hacerlo, todo se estaba dando, iba a aprovechar un viaje que tenía al mar para hacerlo ahí, a la orilla del mar, tal como soñaba mi matrimonio.

Escribí mis votos a conciencia, sin comprometerme con más de lo que actualmente me puedo dar, con amor y con ilusión. Al día siguiente en un rinconcito del mar, a pleno rayo del sol, me leí en voz alta lo siguiente:

Yo, Lisseth Adriana Ángel Valencia
me comprometo a:
creer en mí, luchar cada día por ser feliz, optar siempre por mí y por mi bienestar,
sacudirme las telarañas cada vez que sea necesario (...) tomarme, amarme,
perdonarme y vivir una vida maravillosa (...)

No lo podía creer... esa perla en mi mano fue e lmejor regalo que me pude dar en este momento de mi vida. Dije: “Sí, acepto” y al ponérmelo me sentí orgullosa de mí y de mi manera de estar actualmente en la vida. Le pedí mucha fuerza al Universo para poder cumplirme y sobre todo, apartir de ese momento, realmente me sentí lista para poder comprometerme con otro y con las tareas de la vida.

Muchas veces, olvidé mis propias necesidades y sueños, y olvidé echarle agua a mi bello jardín interior. Qué bonito comprometerme ahora con la ardua tarea de cultivar, regar, abonar y vigilar todas esas flores de mi jardín...por eso, hoy invito a todos a que le den una revisada a su jardín y desde hoy, empiecen a pasar más tiempo allí. Se van a sorprender...


viernes, 4 de febrero de 2011

Shock postraumático de peluquería


Creo que coincidimos en que en las peluquerías se toman las grandes decisiones y se evidencian los momentos por los que pasamos las mujeres. Si estamos depre, felices, en transición, si queremos cambiar de vida y gritárselo al mundo… Una amiga inclusive realizó un documental llamado “la terapia del pelo” en el que un montón de ventiañeras (en esa época) hablan de sí mismas a través de sus cortes y colores.

Hace ya unos cinco años me rapé toda la cabeza inspirada por una mujer bellísima y muy femenina que aparece en la película cubana “La vida es silbar” y salí feliz de la peluquería a celebrarlo con Catta -amiga del alma y cómplice incondicional-, brindando con un trago de tequila. Al otro día que me levanté, ¡¡¡casi me muero!!! ¿calva yo, a qué hora, por qué, qué me pasó? Eso exactamente es lo que yo llamo “shock postraumático de peluquería”, porque viene casi siempre al otro día cuando te ves al espejo y encuentras a otra en ti, o cuando ese corte de modelito fashion contemporánea que te hicieron se desvanece cuando lavas el pelo y nunca más vuelve a ser el mismo, o para no ir más lejos, cuando pides una cosa y te hacen otra… o cuando cometes el error de dejar todas las decisiones en manos de tu peluquero choco-loco.

Maitena, una humorista argentina que ilustra y escribe sobre mujeres, dice que de nuestras inconformidades “nunca” decimos nada en la peluquería y que las maldiciones y lamentos sí los echamos pero en la calle. Y es verdad. Que tire alguna la primera piedra. También recuerdo a los 12 años mi primer copete “Alf” que mi madre me mandó a hacer en una peluquería muy fansy de Manizales. El peluquero genio de turno me lo cortó pero al revés, yo me quedé callada y llegué a la casa desconsolada a llorar. Es más, a los chicos también les pasa… he visto a mi marido llegar con cortes rarísimos y al preguntarle qué le pasó, me contesta que no sabe en qué momento ocurrió. Hummm, no creo de a mucho…

Y es que la peluquería y el peluquero ocupan un papel muy importante en nuestras vidas. Andar sin peluquero es como tener celular pero descargado. Con el peluquero se echa chisme, también se le cuentan cosas de la intimidad, se raja del país y se habla de farándula. Es más, confieso haber abandonado a un excelente y muy reconocido peluquero por no haber tenido feeling con él. Es que no es justo, yo hablándole de lo que sentía y lo que quería en el pelo y él repartiendo picos entres sus otras clientas, atendiendo llamadas y armando negocios a la vez, el colmo…

Es chistoso, porque uno le dice al peluquero “yo quiero esto, lo otro y aquello” y él termina haciendo lo que sabe o lo que quiere, nos pasa un espejo para que nos veamos el corte por atrás o el color y decimos “perfecto, divino” y luego en la calle nos empezamos a sentir raras, histéricas, ligeramente bellas (pero raras) y la mayoría de las veces, decepcionadas.

La otra bonita de esos grandes cambios que se gestan en las peluquerías es llegar a la casa y que el marido no se dé cuenta o que por el contrario, todo el mundo te arme un escándalo y te digan “¡¡¡ay, pero por qué te lo cortaste, te veías mejor antes!!!”. La verdad, creo que esos comentarios le parten el corazón a la nueva chica que en algún momento soñamos ser en la peluquería y no deberían hacerse, porque ya para qué.

El pelo se las trae con nosotras. El año pasado transité de peliuva a castaña oscura y de ahí a rubia. Ufff… debo decir que en el mes y medio que fui rubia descubrí el mundo de las chicas blondie y esas cabelleras de apariencia sexy demandan bastante atención y cuidados. Pero como si aquellos saltos no fueran suficientes, apenas llegué de mis vacaciones decidí recibir el 2011 pelirroja, el color que creo, es el que mejor me va. (Obviamente esas cosas solo se hacen con la complicidad de la mamá, de las amigas y del peluquero…)

Y a propósito de este último cambio, surgió este artículo, porque llegó a mí el memorable shock postraumático de peluquería: “¿Qué me pasó, y ese rojo por qué tan subido? Estoy loca…” llegó el arrepentimiento mezclado con incomodidad, pero al poco tiempo empecé a disfrutarlo y a gozarme esa nueva yo que ahora soy ante el espejo. La verdad, esa es una de las cosas que más disfruto de ser mujer. Poder reinventarme cuando quiera, cambiar de corte, de color, de tamaño, maquillarme o no hacerlo, pintarme las uñas, y entrar y salir de mí misma hasta encontrar una que me guste y transmita cómo me estoy sintiendo en ese momento.

Además les quiero compartir este fragmento que encontré en el blog: http://elcolumpiodemaia.blogspot.com/2009/05/despeinate.html


“Lo realmente bueno de esta vida, despeina…

- Hacer el amor, despeina.
- Reírte a carcajadas, despeina.
- Viajar, volar, correr, meterte en el mar, despeina.
- Quitarte la ropa, despeina.
- Besar a la persona que amas, despeina.
- Jugar, despeina.
- Cantar hasta que te quedes sin aire, despeina.
- Bailar hasta que dudes si fue buena idea ponerte tacones altos esa noche, te deja el pelo irreconocible…
Así que cada vez que nos veamos yo voy a estar con el cabello despeinada”.

Y esto lo digo yo: “hagamos lo que se nos dé la gana con nuestro pelo…”

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Y les recomiendo un libro que va al pelo: “La vida te despeina” de Angeles Mastreta.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

De pelea con las panty medias


Quienes me conocen saben de mi pasión por las panty medias. La verdad, es que son ya una obsesión: las tengo de comics, tradicionales, de rombos, moradas, de rayas, de malla, de lana, gruesas, veladas…

Las que tengo nunca serán suficientes y cada vez que veo algunas por ahí interesantes las uno a la colección que con juicio he venido recavando desde hace algunos años. Ahora hay por montones en Colombia de diseño, antes era imposible conseguir algo. Recuerdo que yo se las encargaba a una chica que las traía de Italia y obviamente las vendía a costos exorbitantes.

De hecho, la primera vez que fui a Argentina me enloquecí comprando de colores, porque aquí las chicas sólo conseguíamos negras, cafés y grises.

Las panty medias me encantan por mi amor a las faldas también, me parece que son amigas inseparables que se complementan y que tienen una capacidad expresiva muy potente en una mujer. Sin embargo, usarlas son algo similar a un procedimiento que demanda experticia y paciencia.

Empecemos por lo primero: ponérselas. Mi mamá me enseñó a usarlas como a eso de los 15 años: tomar la punta de la media e ir deslizándola suavemente por la pierna sin que se tuerza, sin que genere incomodidades especialmente en la pelvis y lo más importante, que quede pareja con la otra pierna. Esa primera partecita me lleva tomando del pelo ya como ¡¡¡19 años!!!

Una vez he logrado ponérmelas, el siguiente paso es qué hacer con el dichoso cauchito de arriba. Nunca sé dónde mandarlo, si a la cintura, o bien arriba hasta donde estira la media, -que es casi llegando al busto-, o en la mitad del abdomen para que me tape el rollito… el caso es que donde la ubique, siempre me incomoda y siempre me deja marca en la piel.

Creo que las mujeres poco hablamos del tema, pero sé que no soy solo yo la que padece ese problemita. He visto amigas poniéndoselas con más habilidad que yo, pero cuando llegan al cauchito me muero de la risa, porque las he descubierto estirándolo tanto que casi parece una trusa. La verdad es que me da risa, porque así no más uno se ve muy ridículo, pero ya con la pinta completa, uno se ve hasta sexy…

El otro tema es el cuidado. Nos toca estar pendientes del filo de los escritorios, de la mesa, de no rozarnos con los anillos ni con las pulseras, de las mismas cremalleras de las botas y de los hermosos ¡gatos!, que a propósito han sido los autores del exterminio paulatino de una colección que atesoraba en la medida que los puntos deshilachados lo permitían.

Pero lo que más considero incómodo, es el bendito tiro de las medias, porque algunas no tienen la elasticidad suficiente para llegar hasta la pelvis y acomodarse allí, y a medida que uno va caminando se va escurriendo lennntaaaameeeennnteeeee… y termina uno con la media en la entrepierna estorbando. Es una sensación horrorosa.

La moda ha tiranizado la manera como nos toca usar las prendas. Odié la época de los jeans descaderados y las camisetas ombligueras, porque no conseguía un pantalón que medianamente me llegara casi a la cintura y una camisetita que aunque fuera me tapara el rollito. Y así un montón de imposiciones.

Después de esta quejadera, debo decir claramente que NO voy a dejar de usar panty medias. Ah, no, eso no!!! Lo que sí quiero es llamar la atención a los fabricantes y diseñadores de medias que no se han dado cuenta que la era de la cintura como “Don Tuquito” (personaje de la serie de televisión El Chinche, que usaba los pantalones casi hasta las tetillas) ya pasó. ¡Por favor, no sólo es para que nos veamos bonitas, sino para que nos sintamos cómodas! Así que si esta nota la ponemos a circular, de pronto, -quién quita- que llegue a manos de algún diseñador de medias y se apiade de nosotras…

jueves, 19 de agosto de 2010

¿Qué tienen los treinta?


“Ponte tus zapatos de tacón y taconea”
Por: Lisseth Angel Valencia

Cuando tenía 22 años veía a los de treinta como unos seres grandes, lejanos e interesantes, pero, al fin y al cabo, de treinta, es decir, adultos.

Y ni qué decir cómo era yo a los 22… creía que me las sabía todas y tenía ese extraño poder de persuasión que convencía a los demás de que así era. Hoy, recién llegada a los 34, no me da miedo aceptar que no me las sé todas y que -afortunadamente- me falta mucho por aprender.

Lo que sí pasa conmigo -muy distinto a cuando tenía 22- es que me siento como en primavera. Toda florecida, como escuchando de fondo “qué bello abril” a lo Fito Paez.

No es que todo esté resuelto ni que me sienta más tranquila, simplemente me siento yo. Voy a eventos sociales sin pizca de maquillaje si así me da la gana; combino todos los colores en una sola pinta sin miedo al qué dirán; me lanzo en patineta desde alturas urbanas gritando al unísono con universitarios de 18; tengo sexo libre, doméstico, salvaje, fluido; sudo cuando bailo y no me sonrojo; dejé el cigarrillo y lo que es más raro, mis amigos no me retan a caer en la tentación –como hubiera sucedido en la adolescencia- sino que aplauden y apoyan mi decisión.

Esto de los 34 pinta bien, de verdad y sin exagerar… de todos modos, hay otras maneras de estar, por ejemplo, mi prima que me lleva seis meses me dice “ay mija, es que a esta edad…”, y conozco a otros que optaron por encerrarse en la casa a ver telenovelas. Cada cual con sus puntos de vista.

Mi papá de 69 años me decía justo una semana antes de mi cumpleaños número 34, que él se siente como de 50, mientras yo le confesaba un poco avergonzada que yo me siento de 25. A veces me da pena decirlo porque son 9 años de diferencia; pero mi padre, que es un roble sabio, me insistió que lo más importante es la juventud en el corazón.

De tal manera, que todavía tengo la fortuna de ir con mis amigos al parque un viernes soleado en la tarde a verlos montar monociclo; puedo mantener una conversación con alguien de 23 sin decir a cada rato “ay, cuando yo era joven…” y hasta le subí la altura a las minifaldas para sentirme más cómoda.

Hay que decirlo, los 30 tienen sus ires y venires, y es indudable que el cuerpo empieza a cambiar notablemente. Por ejemplo, tuve que dejar los deliciosos lácteos y por tanto, comer menos helados… pero eso sí, todavía canto a todo pulmón “i want to break free” y pogueo uno que otro clásico roquero, aunque al otro día sienta como si me hubiera pasado un tractor por encima.

Cada edad tiene sus temas. Para mí, la década de los 30 se me parece al proceso de montaje de los andamios donde uno ya empieza a mirar para arriba y echar con fuerza para allá. Lo más importante es dirigirse hacia lo que uno desea de corazón, porque conozco ya muchos treintañeros montados en lo más alto de los andamios, convencidos de que los treinta son el carrito último modelo, el perrito y las deudas, sin darse cuenta que se la pasan con el ceño fruncido y los sueños partidos…

Por eso, para rematar cito a la lúcida columnista Odette Chain: "los treinta traen más ventajas que desventajas, a uno lo respetan más, tiene más libertad, dinero propio para gastar en zapatos innecesarios, más criterio, más experiencia y, lo más importante, tiene claro qué no le gusta y una mejor idea de lo que le gusta... Así que los que se sientan deprimidos por haber llegado a los 30, miren hacia adelante, que esto apenas está empezando a ponerse bueno".

viernes, 9 de abril de 2010

Parche de chicas


Por: Lisseth Angel Valencia

"Ponte tus zapatos de tacón t taconea"

Cuando termina un matrimonio, lo normal es repartir los bienes, pero lo más difícil no son las cosas, porque esas se recuperan con el tiempo. Lo realmente duro es “cómo repartimos los amigos”, coreando a las españolas de la banda Ella Baila Sola.

Yo ya pasé por esas y la repartición, además de dejarme sin casa, me dejó sin mis amigos hombres, lo que me llevó a una triste etapa de vacío y soledad. Sin embargo, en ese período oscuro pero afortunado, aparecieron las chicas en mi vida y de ahí en adelante todo cambió.

Desde la Universidad preferí los hombres y la cosa se ponía mejor si yo era la única mujer del grupo. Claro, me cuidaban pero al mismo tiempo me sentía a la par con ellos, lo que me permitía ser la “ruda” del salón.

Pero lo que realmente disfrutaba era cuando me decían orgullosos: “Uy pelada, a usted sólo le faltan un par de huevos…” ah, ¡qué maravilla! Estaba cerca del mundo masculino, era parte de ellos. Las demás eran solo unas chicas rosa aburridas que se reunían a criticar y a maquillarse en el baño.

Con los chicos pasé buenos momentos y viví muy buena parte de mis recuerdos juveniles. Con ellos entré al fabuloso mundo del rock and roll y salté en cada uno de los Rock al Parque eufórica. Me enamoré y desenamoré de un par de ellos y conocí a Bogotá desde sus entrañas.

Pero regresando al tema de la separación, llegado el momento, los amigos también se fueron paulatinamente. Recuerdo mucho estar en un bar pasada de copas, llorando despechada en medio de mis nuevos compañeros de trabajo, sintiéndome sola y desubicada, cuando de la nada apareció Sasha mirándome fijamente con ojitos intuitivos preguntándome: ¿estás recién separada?

No lo podía creer… nadie sabía, era el secreto mejor guardado en mi trabajo porque recién entraba. Sorpresivamente se me fue la borrachera, tomé aire y entré en llanto. Me tomó del brazo y me arrastró hasta el baño. Ese baño donde tanto criticaba el encuentro entre “viejas”. Pues ahí estaba teniéndome de las paredes mientras le contaba a una desconocida toda mi historia como si la conociera hace años.

Hablé sin parar, y en simultáneo entraban y salían chicas del baño, no sin antes abrazarme y darme frases de aliento. ¿Qué estaba pasando allí? De dónde habían salido esas que se solidarizaban fácilmente conmigo sin saber lo que me pasaba… al final de la llorada, con los ojos hinchados aparecieron las risas y regresé a la pista a bailar “sola”.

Al otro día recibí una llamada de Sasha a chequear si seguía viva. Fue un descubrimiento increíble. Tras ella se reveló el mundo de lo femenino que básicamente consistía en una gran red de soporte emocional, que actuaba como una telaraña de la que ninguna se caía por más telúrica que estuviera. Chicas que vivían juntas por temporadas, que hacían colectas para que una de ellas se fuera de viaje si así lo requería, que se limpiaban los mocos y las lágrimas amorosamente y sin pena de llegar a pasar por “intensas”. Ahí llegué en medio de mi crisis existencial y más tarde se fueron uniendo otras con todas sus pérdidas y ganancias a cuestas.

Como las telarañas se tejen, las reuniones entre chicas resultaron parecerse a esos antiguos costureros de las abuelas donde cada una puntada a puntada nos íbamos fortaleciendo y apoyando, en medio de las cocinas, las llamadas telefónicas a cualquier hora, los correos, los abrazos y los fantásticos aquelarres.

En medio de esos milenarios encuentros entre “brujas” posmodernas aparecieron los tacones, los labios rojos, las narraciones amorosas y las nuevas búsquedas. Desde aquél momento hasta ahora, nunca he sentido que no vale la pena tener amigas, nunca he sentido que son una sarta de chismosas envidiosas (una de las quejas más frecuentes entre mujeres). Al contrario, cada logro mío es de todas, el abrigo rojo nuevo es de la que lo necesite para verse bonita, los aprendizajes son colectivos y por supuesto, ninguna necesita ser “ruda” para estar en el parche.

Eso sí, los chicos siempre son y serán bienvenidos. Afortunadamente ellos son la energía complementaria, los que le ponen el caramelo al postre, los que se ríen de nuestras ocurrencias y relatos intensos, y los que nos sacan a bailar cuando ya ven que estamos pegadas a la silla de tanto cotorrear. Así somos, entre nosotras la pasamos bien. Nos tenemos las unas a las otras con la seguridad de estar sostenidas por una telaraña invisible que nos acompaña cual cinturón de seguridad.

El sueño de enamorarse de un extranjero


Por: Lisseth Angel Valencia

"Ponte tus zapatos de tacón y taconea"

¡Lo juro! A decenas de amigas les ha funcionado, pero a mí no, y es por eso, que cuento la otra cara de la novela rosa.

Me encanta escuchar la cantidad de historias con happy end de parejas que se conocieron por facebook, o que en un viaje tuvieron un romance apasionado y luego, alguno de los dos dejó atrás su vida para irse a otro país a vivir una gran historia de amor.

Por años, esas narraciones me impactaban e incluía dentro de mi panorama sentimental un encuentro intercontinental con un chico que me endulzara el oído en otro idioma. Me parecía increíble eso de de vivir como en una comedia romántica y sobre todo, eso de empezar una nueva vida llena de nuevas aventuras. Incluso me imaginaba diciéndole a mi amante foráneo: “esto es un molinillo, así hacemos el chocolate; mira, aquí en Colombia pides rebaja por todo y no te debes dejar tumbar”…me imaginaba como una especie de guía turística aventajada, orgullosa de mi malicia indígena.

Y el caso, es que a los 27 años me enamoré perdidamente de un francés muy romántico, con quien vivimos una corta pero apasionada historia de amor en Buenos Aires, a donde había decido exiliarme luego de una dolorosa ruptura. Como es de imaginarse, todo fue hermoso, paseos tomados de la mano, besos en cada esquina, frases cursis en otro idioma, todo idílico. Pero al francés le llego la hora del regreso a su país y nos tuvimos que despedir, no sin antes jurarnos un reencuentro en alguno de nuestros continentes.

Las chateadas no fluían como esperamos, los días pasaban y el reencuentro cada vez lo veíamos más lejos. Ninguno de los dos sabíamos qué carajos llegar a hacer al país del otro. No concebía la idea de abandonar mi vida y mi profesión para ir a trabajar de niñera en París, cuando la única palabras que sabía decir era je t´aime” o “ salut” y él tampoco sabía qué venir a hacer aquí cuando allá ganaba en euros y hasta ahora empezaba a despegar profesionalmente.

Con el tiempo nuestros planes se fueron enfriando y nos convertimos al principio, en amantes virtuales y luego, solo en buenos amigos. A los dos años más o menos, conocí en Uruguay un alemán que no hablaba ni pizca de español, y que tenía una mirada oceánica hermosísima. Pero ahora era yo quien se debía regresar a su país y como ya había aprendido la lección, no hice promesas de reencuentros. Sin embargo, a los seis meses, él llegó a Colombia enamoradísimo de Suramérica luego de recorrerla por más de diez meses y por supuesto, llegó enamorado de mí.

De nuevo el corazón latía fuerte. Y esta vez, era él quien estaba dispuestísimo a instalarse aquí. Quería montar una panadería gourmet, soñábamos luego con comprar una tierra y dedicarnos a criar caballos y una prole de hijos rubios con malicia indígena. Pero antes de radicarse, quería conocer Colombia y me invitó a acompañarlo al Tairona, cosa que no pude hacer, porque en ese momento no podía dejar tirado mi trabajo. Se fue con la promesa de volver dentro de una semana, pero claro, Caribe es Caribe y su permanencia se alargó casi un mes.

Al regresar me dijo que me amaba, pero que una cosa y la otra. La verdad, yo creo que en medio de esas playas afrodisiacas conoció una colombiana tropical que le robó el corazón y se dedicó a criar peces con ella, quien sabe… el caso es que ese también se regresó a su país y de vez en cuando me adelanta cuaderno de su vida en Alemania.

Con esos antecedentes, me quedé quietica y concentrada en mis planes. Pero como la vida es caprichosa, como a los dos años, me fui a mochiliar sola por Suramérica y en Perú conocí un canadiense fantástico, que algunos colombianos que conocí en el viaje lo llegaron a apodar “el paisa”. Con él sí que nada de planes, para mí fue un compañero de viaje extraordinario que revivió mi pulso. Duramos dos meses mochiliando juntos y se devolvió a su país con el corazón arrugado pero con muchas ganas de conocer Colombia.

Al cabo de un año recibí un correo anunciándome que venía a visitarnos y yo no paraba de reírme, no solo por la sorpresa de cómo lo había impactado nuestro país, sino porque yo estaba iniciando una relación con un colombiano de sonrisa amplia, excelente bailarín de salsa, que me endulzaba el oído en mi mismo idioma y con quien compartíamos esa chispa latina y cabe decir, quien actualmente es mi marido. Y aquí empieza mi defensa al amor nacional: Me encantan los colombianos melosos, que sudan bailando boogaloo, que te seducen a punta de sonrisas y buenos chistes.

Me encanta eso de no tener que explicarle lo que es un molinillo, porque de paso, sabe que si no se porta bien, se lo pongo en la cabeza. Me encanta eso de no tener que empezar una vida nueva en otro país, sino de inventarla aquí en pareja. Me encanta no tener que explicarle con plastilina los comentarios de doble sentido…
Bueno, esa es mi defensa a los amores nacionales. Pero lo que sí es cierto, como dije al principio, es que esos amores con happy end existen: Martha conoció a Miguel por MSN, ahora viven en Argentina y son padres de la bella Brisa; Victoria conoció a Allan, el inglés buena onda y ahora viven acá; Aseneth conoció al húngaro Patrick en Nueva York y ahora viven en Turquía y como ellos, hay miles de historias dignas de contar en nombre del amor intercontinental.

Lo único que yo sé es que tengo un excelente compañero de baile al que le digo coqueta cada vez que suena “La Temperatura” de los Hermanos Lebrón: “Camine pues mijito a azotar baldosa” y él se levanta de la silla como si le acabaran de dar cuerda y sonriendo con ganas, de esas que sólo los colombianos llevan en la sangre…