domingo, 2 de mayo de 2010

A propósito de abordar a un desconocido y hacer lo que se nos dé la gana…


“Ponte tus zapatos de tacón y taconea”
Por: Lisseth Angel Valencia

Creo que las mujeres aún estamos en la onda de que nos caigan. Por muy de avanzada que digamos ser, todavía esperamos que ellos nos aborden y nos pidan el teléfono, (por lo menos para el primer contacto).

Hace algún tiempo mi amiga Catta iba en una buseta, cuando se subió un chico muy atractivo que enseguida llamó su atención. Él, se le sentó al lado coqueto y desafiante a la vez. Avanzaban en el trayecto y mirada iba y venía de parte y parte, mientras a ella se le iba alterando el pulso y pensaba: “será que lo abordo?” “nooooo, qué vergüenza”, era siempre la respuesta inmediata.

Cuando me contaba esto, la interrumpí furiosa y le pregunté que por qué no le hablaba y ella muy segura me respondió: “pensaría que soy una… golfa”. No lo podía creer. Se le había ido la oportunidad de conocer un tipo interesante, no digo que el amor de su vida ni nada de eso, pero sí al menos cuatro posibilidades: tener sexo casual, entablar una amistad, encontrarse con un baboso o todas las anteriores. Ante lo que yo personalmente creo que todas son ganancia, exceptuando la posibilidad de que fuera un baboso.

Y eso no le pasa solo a Catta, me ha pasado a mí muchas veces, a casi todas mis amigas y a las desconocidas que cuentan arrepentidas historias similares. Entonces yo me pregunto ¿qué carajos nos pasa? Si cada vez somos más independientes, líderes en varios frentes y lo que es mejor: hijas de la revolución femenina.

Aquí yo sé que voy a levantar tierra. Pero déjenme continuar porque no se trata de darnos palo a nosotras mismas sino de ver con claridad cuál es la parte del chip que no está funcionando. Para empezar, podemos ver un ejemplo muy sencillito: si un hombre va solo a un bar es interesante, pero si una mujer va sola, se construyen varios imaginarios al respecto: o la dejaron plantada, o está despechada o es una… ¡golfa!

Claro, llevamos encima el peso de la mirada ajena; no sólo la masculina, también la de otras mujeres que juzgan a la que se sentó sola en la barra de un bar -mientras por dentro están muertas de ganas por experimentar lo mismo-, o los prejuicios heredados de las abuelas para quienes ese acto sería una gran insolencia.

De todos modos, siempre está la mirada del otro. Pero la verdad, verdad… es que yo creo que en Colombia andamos muy pendientes del vecino. Si entró, salió, dijo o se calló. Y muy poco nos atrevemos a hacer lo que se nos da la gana, porque cuántas veces estando en un bus cantamos a todo grito la canción que nos gusta mientras la escuchamos en el mp4, o cuántas veces decimos realmente lo que de corazón pensamos, o cuántas veces nos regalamos la posibilidad de hablarle a un desconocido en el bus…

Eso por un lado. Por el otro, están los clichés sobre los roles sexuales a los que continuamos haciéndoles juego, a partir de los cuales debemos esperar a que el hombre mande el primer zarpazo. Pero si resulta que el chico es un tímido empedernido, o se está rebelando contra el papel de macho alfa que le impuso la sociedad, pues ¡al traste el encuentro!, porque cada vez escucho a más hombres quejarse: “pero es que ustedes siempre esperan que uno lleve la iniciativa”.

Creo que el problema no está en que se supone que somos mujeres de avanzada y que deberíamos ser más atrevidas. El gran meollo es que seguimos aplazando lo que queremos hacer por estar siguiendo los viejos patrones de conducta.

Por eso, deseo que a Catta se le vuelva a presentar la oportunidad de hablarle a un total desconocido en el bus o donde sea, para que recuerde estas letras que no son más que la invitación a vivir aquí y ahora, donde solo cuenta lo que ella está dispuesta a hacer y soñar. Y si la vecina de silla del bus se baja las gafas con asombro, pues “de malas” y que ojalá se lleve las ganas de hacer también con su vida lo que le plazca. ¡Que así sea!