martes, 29 de noviembre de 2011

¿Qué tienen los treinta y cinco?


“Ponte tus zapatos de tacón y taconea”

Por: Lisseth Angel Valencia

Los treinta y cinco nos pone, a quienes acabamos de entrar a ellos, a cuestionarnos sobre su significado. Ya no tenemos los famosos y glamurosos treinta, y sí nos acercamos a los temidos cuarenta. (Aunque a estas alturas empiezo a descubrir que es más la mala fama, porque al parecer, son una sabrosura.)

Los de treinta y cinco estamos casi que en la mitad. En la mitad de la sociedad que tiene altas expectativas con esta edad, en la mitad de nosotros mismos con nuestras propias expectativas, y en la mitad de la vida promedio.

Empezando por los grandes imaginarios sociales que existen alrededor de esta edad; o más bien, por las imposiciones sociales, a los 35 ya deberíamos tener carro, casa y beca –o en su defecto “deudas”, lo que culturalmente se interpreta como una situación económica más bien definida-. Pero todos sabemos que la situación actual en Colombia es otra y en esta época de la vida hasta ahora estamos empezando a arrancar o a endeudarnos.

Lo que pasa es que a los 35, la generación de nuestros papás, ya tenía mínimo un hijo de doce años y ya había empezado a abonar juiciosamente a la cuota de la casa. Además, los matrimonios amigos ya eran “compadres” entre sí y la auto imagen estaba asociada a la seriedad, la responsabilidad y por supuesto, a la adultez.

En mi caso, los 35 me tomaron por sorpresa, porque me pusieron a verme de frente al espejo y lo que descubrí en medio de mi gran asombro es la evidente aparición de algunas arruguitas y unas canas (bien tapadas por la tintura), también me mostraron mi gran apatía de ir a multitudes y conciertos solo por evitar que me empujen, sumado a la enorme molestia que siento cada vez que me llaman “señora” en todo lado.

Claro, también pasan cosas como que un viernes en la noche prefiero quedarme viendo comedias románticas en mi casa en vez de ir a los estruendosos bares de antes, o que las cenas con los amigos ya no van más allá de las doce de la noche… y quizá la prueba más contundente de mi llegada a la adultez salta a la vista cuando me suelto a hablar de “mis buenas épocas” con jóvenes modelo 85. ¡Qué horror!

El año pasado la palabra “adultez” tan solo se asomaba de vez en cuando en mi ventana, pero este año, me la encuentro cada vez más seguido en lugares insólitos como los que ahora escojo para pasar mi tiempo libre, en mi escritorio, -en medio de tareas aburridas- y en los arrumes de cuentas por pagar cada mes. Al principio, decidí salir corriendo y me hacía la loca, pero exactamente el 10 de agosto de este 2011, me cogió por el cuello, me hizo una llave (estilo cinturón negro) y me doblegó.

Al principio, patalié, grité y me enfurecí (porque era el colmo que me tomara “desprevenida”), pero luego, al quedarme quietica, descubrí que la mejor manera de estar a su lado es no pelear.

De todos modos, cuando me di cuenta que su presencia era inevitable, me asuté, para qué lo voy a negar… y entonces, me puse a pensar a qué le tengo tanto miedo y descubrí que le huyo a convertirme en una adulta seria, acartonada y aburrida… porque desafortunadamente, esos son los parámetros que tengo de los treinta y cinco.

Pero afortunadamente, en simultáneo, también descubrí que de música de fondo en mi vida, sigue sonando una canción de rock estilo “radio friendly unit shifter” de Nirvana, un poco rebelde, un poco densa, un poco trasgresora… y en mis aspiraciones más grandes, continúa encabezando la lista el deseo de conocer países, de recorrer a Colombia, de montarme en lanchas, de nadar en mares tropicales y de conocer a desconocidos.

En esencia seguimos siendo los mismos, tal vez con roles diferentes, ó con disfraces más convenientes a los nuevos roles sociales, lo que está bien, porque uno no puede embalsamarse en “sus mejores épocas” y dejar de tomar de lo que actualmente es y de lo que aspira.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención, es que, precisamente, algunas de mis más serias aspiraciones se han ido transformando, esfumando o reemplazando por otras, a tal punto, que hoy, mi mayor deseo es dedicarme a escribir libros infantiles, crónicas de viajes y llevar a las mujeres a tener vacaciones espirituales… nada de eso ni lo pensaba hace diez años cuando me imaginaba a los 35 totalmente segura de mí misma, como en la cima de una montaña de la que ondeaba la bandera reluciente de mi adultez, donde el eje central era la dedicación a mis oficios laborales formales.

Y por eso, los 35 son enigmáticos, porque desde ellos, es que se empiezan realmente a tomar decisiones relevantes, con algunas lecciones aprendidas a cuestas, con el corazón remendado, con la certeza de poder cumplirse a "uno mismo" y con los planes en remojo.

Mis proyectos personales todavía están en construcción y creo que irán llegando nuevos, unos cuantos se irán transformando y otros los iré consolidando, pero lo que considero realmente importante es poder “tomarse” para empezar a avanzar. Y si de los cuarenta se trata, creo que a esa edad, viene realmente lo bueno…

Nada está escrito, “se hace camino al andar” (y ese dicho sí que es generacional)… Por fortuna no sólo hay un camino, aunque la sociedad insista en que el carro, la casa y las deudas, son el único. Sin embargo, hay cientos de posibilidades, de desviaciones, de trochas y de autopistas para transitar la adultez de manera personal.

Si a mí me dieran a elegir, me quedaría en los 27. Pero lo cierto, es que ese deseo no me lo va a cumplir Aladino y lo mejor que puedo hacer, es inventarme mi propia “adultescencia”, ese estado crossover que toma lo mejor de la adultez y la rebeldía de la adolescencia, para llegar con tranquilidad a los setenta y no rayada desde ya, quejándome porque el tiempo se pasó muy rápido y me volví prematuramente vieja... Así que, desde hoy me doy la bienvenida oficialmente a mis 35.


8 comentarios:

Icha dijo...

Yo amo la adultescencia. Que vivan las adutescentes, muy mal llamadas "señoras".

Gaby dijo...

Totalmente de acuerdo... Me encuentro en tus palabras... ¡¡Me encanta!!

Tacones y Labios Rojos dijo...

Hola, publico el comentario de Mery:

“adultescencia”, ese estado crossover.... suuuper!!

Me encanto el artículo Lisseth!!!!

Un abrazo gigante,
Mery

Sandra Corzo dijo...

Muy sabia tu reflexión adultescente. ¡Me encanta y me identifico totalmente!

Caroobregón dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Caroobregón dijo...

muy bonito!!! Cuando organices unas de esas "vacaciones espirituales para mujeres", me invitas.

valencia dijo...

Quiza la vida nos llego asi...de sopeton en el momento que a alguien se le, ocurrio la adolecente idea de vivir en otro.
Quiza la adultez sea ese descarado ser que nos pervierte la mente imaginaria, esa mente en donde cabia el mundo de puntitas, y nos acopla a regñadientes ese "deber ser" que para todos es el "Querer ser".
yo llegue a la adultez en el momento que sacaron el chupo desgastado de mis dientes, lo dificil ha sido el dejarme alcanzar por mis sueños cuando les llevaba kilometros de distancia hacia otro rumbo.
solo le doy gracias por enseñarme que lanzar una pelota era el mejor logro que usted habia visto.

Lisseth ... gracias por lanzarme de vuelta la pelota para seguir jugando.
quien la quiere:

Freddy Lagos Valencia

Tacones y Labios Rojos dijo...

Valencia, qué bellas palabras!!! Gracias, gracias, gracias:)
Hacían falta las palabras de un chico, jajajaja.