miércoles, 23 de marzo de 2011

¡¡¡Wonder woman no existe!!!


La Mujer Maravilla como nos la pintan, no existe.
No somos chicas 10.
Nos equivocamos, podemos cambiar de dirección, andar despeinadas, cantar duro, llorar, mandar todo pal carajo, bailar sin ritmo, ser sentimentales y también pensar en vanalidades...
Podemos engordarnos, enflaquecernos, deleitarnos horas en el ocio...
Wonder woman nos la inventamos nosotras mismas y nos lo creímos, que es lo mejor...
Por eso, a todas las Wonder woman, las llamo a la desobediencia y al descontrol!!!

viernes, 4 de febrero de 2011

Shock postraumático de peluquería


Creo que coincidimos en que en las peluquerías se toman las grandes decisiones y se evidencian los momentos por los que pasamos las mujeres. Si estamos depre, felices, en transición, si queremos cambiar de vida y gritárselo al mundo… Una amiga inclusive realizó un documental llamado “la terapia del pelo” en el que un montón de ventiañeras (en esa época) hablan de sí mismas a través de sus cortes y colores.

Hace ya unos cinco años me rapé toda la cabeza inspirada por una mujer bellísima y muy femenina que aparece en la película cubana “La vida es silbar” y salí feliz de la peluquería a celebrarlo con Catta -amiga del alma y cómplice incondicional-, brindando con un trago de tequila. Al otro día que me levanté, ¡¡¡casi me muero!!! ¿calva yo, a qué hora, por qué, qué me pasó? Eso exactamente es lo que yo llamo “shock postraumático de peluquería”, porque viene casi siempre al otro día cuando te ves al espejo y encuentras a otra en ti, o cuando ese corte de modelito fashion contemporánea que te hicieron se desvanece cuando lavas el pelo y nunca más vuelve a ser el mismo, o para no ir más lejos, cuando pides una cosa y te hacen otra… o cuando cometes el error de dejar todas las decisiones en manos de tu peluquero choco-loco.

Maitena, una humorista argentina que ilustra y escribe sobre mujeres, dice que de nuestras inconformidades “nunca” decimos nada en la peluquería y que las maldiciones y lamentos sí los echamos pero en la calle. Y es verdad. Que tire alguna la primera piedra. También recuerdo a los 12 años mi primer copete “Alf” que mi madre me mandó a hacer en una peluquería muy fansy de Manizales. El peluquero genio de turno me lo cortó pero al revés, yo me quedé callada y llegué a la casa desconsolada a llorar. Es más, a los chicos también les pasa… he visto a mi marido llegar con cortes rarísimos y al preguntarle qué le pasó, me contesta que no sabe en qué momento ocurrió. Hummm, no creo de a mucho…

Y es que la peluquería y el peluquero ocupan un papel muy importante en nuestras vidas. Andar sin peluquero es como tener celular pero descargado. Con el peluquero se echa chisme, también se le cuentan cosas de la intimidad, se raja del país y se habla de farándula. Es más, confieso haber abandonado a un excelente y muy reconocido peluquero por no haber tenido feeling con él. Es que no es justo, yo hablándole de lo que sentía y lo que quería en el pelo y él repartiendo picos entres sus otras clientas, atendiendo llamadas y armando negocios a la vez, el colmo…

Es chistoso, porque uno le dice al peluquero “yo quiero esto, lo otro y aquello” y él termina haciendo lo que sabe o lo que quiere, nos pasa un espejo para que nos veamos el corte por atrás o el color y decimos “perfecto, divino” y luego en la calle nos empezamos a sentir raras, histéricas, ligeramente bellas (pero raras) y la mayoría de las veces, decepcionadas.

La otra bonita de esos grandes cambios que se gestan en las peluquerías es llegar a la casa y que el marido no se dé cuenta o que por el contrario, todo el mundo te arme un escándalo y te digan “¡¡¡ay, pero por qué te lo cortaste, te veías mejor antes!!!”. La verdad, creo que esos comentarios le parten el corazón a la nueva chica que en algún momento soñamos ser en la peluquería y no deberían hacerse, porque ya para qué.

El pelo se las trae con nosotras. El año pasado transité de peliuva a castaña oscura y de ahí a rubia. Ufff… debo decir que en el mes y medio que fui rubia descubrí el mundo de las chicas blondie y esas cabelleras de apariencia sexy demandan bastante atención y cuidados. Pero como si aquellos saltos no fueran suficientes, apenas llegué de mis vacaciones decidí recibir el 2011 pelirroja, el color que creo, es el que mejor me va. (Obviamente esas cosas solo se hacen con la complicidad de la mamá, de las amigas y del peluquero…)

Y a propósito de este último cambio, surgió este artículo, porque llegó a mí el memorable shock postraumático de peluquería: “¿Qué me pasó, y ese rojo por qué tan subido? Estoy loca…” llegó el arrepentimiento mezclado con incomodidad, pero al poco tiempo empecé a disfrutarlo y a gozarme esa nueva yo que ahora soy ante el espejo. La verdad, esa es una de las cosas que más disfruto de ser mujer. Poder reinventarme cuando quiera, cambiar de corte, de color, de tamaño, maquillarme o no hacerlo, pintarme las uñas, y entrar y salir de mí misma hasta encontrar una que me guste y transmita cómo me estoy sintiendo en ese momento.

Además les quiero compartir este fragmento que encontré en el blog: http://elcolumpiodemaia.blogspot.com/2009/05/despeinate.html


“Lo realmente bueno de esta vida, despeina…

- Hacer el amor, despeina.
- Reírte a carcajadas, despeina.
- Viajar, volar, correr, meterte en el mar, despeina.
- Quitarte la ropa, despeina.
- Besar a la persona que amas, despeina.
- Jugar, despeina.
- Cantar hasta que te quedes sin aire, despeina.
- Bailar hasta que dudes si fue buena idea ponerte tacones altos esa noche, te deja el pelo irreconocible…
Así que cada vez que nos veamos yo voy a estar con el cabello despeinada”.

Y esto lo digo yo: “hagamos lo que se nos dé la gana con nuestro pelo…”

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Y les recomiendo un libro que va al pelo: “La vida te despeina” de Angeles Mastreta.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

De pelea con las panty medias


Quienes me conocen saben de mi pasión por las panty medias. La verdad, es que son ya una obsesión: las tengo de comics, tradicionales, de rombos, moradas, de rayas, de malla, de lana, gruesas, veladas…

Las que tengo nunca serán suficientes y cada vez que veo algunas por ahí interesantes las uno a la colección que con juicio he venido recavando desde hace algunos años. Ahora hay por montones en Colombia de diseño, antes era imposible conseguir algo. Recuerdo que yo se las encargaba a una chica que las traía de Italia y obviamente las vendía a costos exorbitantes.

De hecho, la primera vez que fui a Argentina me enloquecí comprando de colores, porque aquí las chicas sólo conseguíamos negras, cafés y grises.

Las panty medias me encantan por mi amor a las faldas también, me parece que son amigas inseparables que se complementan y que tienen una capacidad expresiva muy potente en una mujer. Sin embargo, usarlas son algo similar a un procedimiento que demanda experticia y paciencia.

Empecemos por lo primero: ponérselas. Mi mamá me enseñó a usarlas como a eso de los 15 años: tomar la punta de la media e ir deslizándola suavemente por la pierna sin que se tuerza, sin que genere incomodidades especialmente en la pelvis y lo más importante, que quede pareja con la otra pierna. Esa primera partecita me lleva tomando del pelo ya como ¡¡¡19 años!!!

Una vez he logrado ponérmelas, el siguiente paso es qué hacer con el dichoso cauchito de arriba. Nunca sé dónde mandarlo, si a la cintura, o bien arriba hasta donde estira la media, -que es casi llegando al busto-, o en la mitad del abdomen para que me tape el rollito… el caso es que donde la ubique, siempre me incomoda y siempre me deja marca en la piel.

Creo que las mujeres poco hablamos del tema, pero sé que no soy solo yo la que padece ese problemita. He visto amigas poniéndoselas con más habilidad que yo, pero cuando llegan al cauchito me muero de la risa, porque las he descubierto estirándolo tanto que casi parece una trusa. La verdad es que me da risa, porque así no más uno se ve muy ridículo, pero ya con la pinta completa, uno se ve hasta sexy…

El otro tema es el cuidado. Nos toca estar pendientes del filo de los escritorios, de la mesa, de no rozarnos con los anillos ni con las pulseras, de las mismas cremalleras de las botas y de los hermosos ¡gatos!, que a propósito han sido los autores del exterminio paulatino de una colección que atesoraba en la medida que los puntos deshilachados lo permitían.

Pero lo que más considero incómodo, es el bendito tiro de las medias, porque algunas no tienen la elasticidad suficiente para llegar hasta la pelvis y acomodarse allí, y a medida que uno va caminando se va escurriendo lennntaaaameeeennnteeeee… y termina uno con la media en la entrepierna estorbando. Es una sensación horrorosa.

La moda ha tiranizado la manera como nos toca usar las prendas. Odié la época de los jeans descaderados y las camisetas ombligueras, porque no conseguía un pantalón que medianamente me llegara casi a la cintura y una camisetita que aunque fuera me tapara el rollito. Y así un montón de imposiciones.

Después de esta quejadera, debo decir claramente que NO voy a dejar de usar panty medias. Ah, no, eso no!!! Lo que sí quiero es llamar la atención a los fabricantes y diseñadores de medias que no se han dado cuenta que la era de la cintura como “Don Tuquito” (personaje de la serie de televisión El Chinche, que usaba los pantalones casi hasta las tetillas) ya pasó. ¡Por favor, no sólo es para que nos veamos bonitas, sino para que nos sintamos cómodas! Así que si esta nota la ponemos a circular, de pronto, -quién quita- que llegue a manos de algún diseñador de medias y se apiade de nosotras…

jueves, 19 de agosto de 2010

¿Qué tienen los treinta?


“Ponte tus zapatos de tacón y taconea”
Por: Lisseth Angel Valencia

Cuando tenía 22 años veía a los de treinta como unos seres grandes, lejanos e interesantes, pero, al fin y al cabo, de treinta, es decir, adultos.

Y ni qué decir cómo era yo a los 22… creía que me las sabía todas y tenía ese extraño poder de persuasión que convencía a los demás de que así era. Hoy, recién llegada a los 34, no me da miedo aceptar que no me las sé todas y que -afortunadamente- me falta mucho por aprender.

Lo que sí pasa conmigo -muy distinto a cuando tenía 22- es que me siento como en primavera. Toda florecida, como escuchando de fondo “qué bello abril” a lo Fito Paez.

No es que todo esté resuelto ni que me sienta más tranquila, simplemente me siento yo. Voy a eventos sociales sin pizca de maquillaje si así me da la gana; combino todos los colores en una sola pinta sin miedo al qué dirán; me lanzo en patineta desde alturas urbanas gritando al unísono con universitarios de 18; tengo sexo libre, doméstico, salvaje, fluido; sudo cuando bailo y no me sonrojo; dejé el cigarrillo y lo que es más raro, mis amigos no me retan a caer en la tentación –como hubiera sucedido en la adolescencia- sino que aplauden y apoyan mi decisión.

Esto de los 34 pinta bien, de verdad y sin exagerar… de todos modos, hay otras maneras de estar, por ejemplo, mi prima que me lleva seis meses me dice “ay mija, es que a esta edad…”, y conozco a otros que optaron por encerrarse en la casa a ver telenovelas. Cada cual con sus puntos de vista.

Mi papá de 69 años me decía justo una semana antes de mi cumpleaños número 34, que él se siente como de 50, mientras yo le confesaba un poco avergonzada que yo me siento de 25. A veces me da pena decirlo porque son 9 años de diferencia; pero mi padre, que es un roble sabio, me insistió que lo más importante es la juventud en el corazón.

De tal manera, que todavía tengo la fortuna de ir con mis amigos al parque un viernes soleado en la tarde a verlos montar monociclo; puedo mantener una conversación con alguien de 23 sin decir a cada rato “ay, cuando yo era joven…” y hasta le subí la altura a las minifaldas para sentirme más cómoda.

Hay que decirlo, los 30 tienen sus ires y venires, y es indudable que el cuerpo empieza a cambiar notablemente. Por ejemplo, tuve que dejar los deliciosos lácteos y por tanto, comer menos helados… pero eso sí, todavía canto a todo pulmón “i want to break free” y pogueo uno que otro clásico roquero, aunque al otro día sienta como si me hubiera pasado un tractor por encima.

Cada edad tiene sus temas. Para mí, la década de los 30 se me parece al proceso de montaje de los andamios donde uno ya empieza a mirar para arriba y echar con fuerza para allá. Lo más importante es dirigirse hacia lo que uno desea de corazón, porque conozco ya muchos treintañeros montados en lo más alto de los andamios, convencidos de que los treinta son el carrito último modelo, el perrito y las deudas, sin darse cuenta que se la pasan con el ceño fruncido y los sueños partidos…

Por eso, para rematar cito a la lúcida columnista Odette Chain: "los treinta traen más ventajas que desventajas, a uno lo respetan más, tiene más libertad, dinero propio para gastar en zapatos innecesarios, más criterio, más experiencia y, lo más importante, tiene claro qué no le gusta y una mejor idea de lo que le gusta... Así que los que se sientan deprimidos por haber llegado a los 30, miren hacia adelante, que esto apenas está empezando a ponerse bueno".

domingo, 2 de mayo de 2010

A propósito de abordar a un desconocido y hacer lo que se nos dé la gana…


“Ponte tus zapatos de tacón y taconea”
Por: Lisseth Angel Valencia

Creo que las mujeres aún estamos en la onda de que nos caigan. Por muy de avanzada que digamos ser, todavía esperamos que ellos nos aborden y nos pidan el teléfono, (por lo menos para el primer contacto).

Hace algún tiempo mi amiga Catta iba en una buseta, cuando se subió un chico muy atractivo que enseguida llamó su atención. Él, se le sentó al lado coqueto y desafiante a la vez. Avanzaban en el trayecto y mirada iba y venía de parte y parte, mientras a ella se le iba alterando el pulso y pensaba: “será que lo abordo?” “nooooo, qué vergüenza”, era siempre la respuesta inmediata.

Cuando me contaba esto, la interrumpí furiosa y le pregunté que por qué no le hablaba y ella muy segura me respondió: “pensaría que soy una… golfa”. No lo podía creer. Se le había ido la oportunidad de conocer un tipo interesante, no digo que el amor de su vida ni nada de eso, pero sí al menos cuatro posibilidades: tener sexo casual, entablar una amistad, encontrarse con un baboso o todas las anteriores. Ante lo que yo personalmente creo que todas son ganancia, exceptuando la posibilidad de que fuera un baboso.

Y eso no le pasa solo a Catta, me ha pasado a mí muchas veces, a casi todas mis amigas y a las desconocidas que cuentan arrepentidas historias similares. Entonces yo me pregunto ¿qué carajos nos pasa? Si cada vez somos más independientes, líderes en varios frentes y lo que es mejor: hijas de la revolución femenina.

Aquí yo sé que voy a levantar tierra. Pero déjenme continuar porque no se trata de darnos palo a nosotras mismas sino de ver con claridad cuál es la parte del chip que no está funcionando. Para empezar, podemos ver un ejemplo muy sencillito: si un hombre va solo a un bar es interesante, pero si una mujer va sola, se construyen varios imaginarios al respecto: o la dejaron plantada, o está despechada o es una… ¡golfa!

Claro, llevamos encima el peso de la mirada ajena; no sólo la masculina, también la de otras mujeres que juzgan a la que se sentó sola en la barra de un bar -mientras por dentro están muertas de ganas por experimentar lo mismo-, o los prejuicios heredados de las abuelas para quienes ese acto sería una gran insolencia.

De todos modos, siempre está la mirada del otro. Pero la verdad, verdad… es que yo creo que en Colombia andamos muy pendientes del vecino. Si entró, salió, dijo o se calló. Y muy poco nos atrevemos a hacer lo que se nos da la gana, porque cuántas veces estando en un bus cantamos a todo grito la canción que nos gusta mientras la escuchamos en el mp4, o cuántas veces decimos realmente lo que de corazón pensamos, o cuántas veces nos regalamos la posibilidad de hablarle a un desconocido en el bus…

Eso por un lado. Por el otro, están los clichés sobre los roles sexuales a los que continuamos haciéndoles juego, a partir de los cuales debemos esperar a que el hombre mande el primer zarpazo. Pero si resulta que el chico es un tímido empedernido, o se está rebelando contra el papel de macho alfa que le impuso la sociedad, pues ¡al traste el encuentro!, porque cada vez escucho a más hombres quejarse: “pero es que ustedes siempre esperan que uno lleve la iniciativa”.

Creo que el problema no está en que se supone que somos mujeres de avanzada y que deberíamos ser más atrevidas. El gran meollo es que seguimos aplazando lo que queremos hacer por estar siguiendo los viejos patrones de conducta.

Por eso, deseo que a Catta se le vuelva a presentar la oportunidad de hablarle a un total desconocido en el bus o donde sea, para que recuerde estas letras que no son más que la invitación a vivir aquí y ahora, donde solo cuenta lo que ella está dispuesta a hacer y soñar. Y si la vecina de silla del bus se baja las gafas con asombro, pues “de malas” y que ojalá se lleve las ganas de hacer también con su vida lo que le plazca. ¡Que así sea!

lunes, 12 de abril de 2010

Manifiesto del NO


“Ponte tus zapatos de tacón y taconea”

Por: Lisseth Angel Valencia

Que levante la mano quien no se haya echado un mal polvo por no saber decir que NO a tiempo ni en el momento indicado, o a quien no se le haya pegado el trasero en su silla de trabajo un viernes hasta entrada la noche por evitar decirle que NO al jefe con decisión… quisiera ver muchas manos arriba.

Pero la verdad es que he podido comprobar que los colombianos somos pésimos diciendo que NO, y cuando lo hacemos pasan dos cosas: damos una excusa ó sentimos culpa. ¡¡¡Terrible!!! Al respecto, tengo que confesar que ya me salí del club de los que dan una excusa (y del club de los malos polvos también) y ahora miro directo a los ojos y digo sinceramente: “no puedo ir porque…” sin decir “Sí, fijo yo voy, claro…”, frase típica de mucha gente con la que deja metido a medio mundo.

Decir NO es otra opción y es válida. Nos permite crecer, no genera falsas expectativas en los otros y cuando se pronuncia hace sentir un fresquito…

Me cansé del montón de gente adulta que no sabe decir que NO. Que sabe de antemano que no quiere ir a tal compromiso y sin embargo asegura mil veces que irá y al momento de la cita llama a declararse con dolor de muela.
Me cansé también de la gente que se horroriza cuando digo que NO o de los que insisten incansablemente. Oigan, “cuando digo que NO es NO”, y cuando digo NO es porque estoy siéndome fiel, no buscando que me rueguen o hacerme la difícil.

Creo que debemos educar esta nueva camada de colombianos en la cultura del NO, con la libertad de poderse negar a cosas que los harían populares pero que atentan contra sus valores, o con la posibilidad de decidir sobre su sexualidad sin el temor a hacer el ridículo porque dice que NO quiere echarse un polvo con el más bueno de la U.

Y si cada vez decimos que NO de corazón para ser felices, estamos parados desde otro lado y estamos siendo nosotros mismos, por eso, a todos quienes lean este Manifiesto les invito a publicar sus NO más sentidos y a circularlos… Así que, bienvenidos y bienvenidas, este espacio es suyo.

viernes, 9 de abril de 2010

Cocinando a fuego lento... "viajar"


Por: Lisseth Angel Valencia

"Ponte tus zapatos de tacón y taconea"

Me encanta cocinar a fuego lento. Cada uno de los ingredientes de la cocina mística van sacando sus jugos, se mueven de un lado a otro en la olla, como nadando en un mar suave. Y mientras tanto, yo también voy sudando al compás de los vapores de la cocción. Los colores cambian, las texturas se ennoblecen y lo que más disfruto es que las cáscaras se van desprendiendo como quitándose sin prisa la máscara para entregarme lo que realmente me quieren regalar.

Así percibo los viajes. Son parte de una gran cocina mística que nos ayuda a encontrar algo nuevo, o a recuperar algo perdido, así no lo estemos buscando. Eso es lo que más me gusta de la vida, que nos da regalos a pesar de nuestra resistencia, de nuestra ceguera, de nuestra ignorancia.

El simple acto de alistar el equipaje, de prever detalles, de cerrar la cremallera de la mochila, de echársela al hombro o de arrastrarla sobre sus rueditas, es ya el inicio de una aventura inesperada. No sabemos cómo va a ser el viaje que desde ese mismo instante empieza a cocinarse a fuego lento.

Sin tener que ser abiertamente sociable, en los viajes siempre se conoce a alguien nuevo, se intercambian correos electrónicos y lo más importante, se lleva uno un par de nuevas sonrisas. El aire cambia, el clima se siente diferente, el pelo se vuelve extrañamente manejable de un momento a otro, es más fácil usar escotes o ese saco que en la ciudad no sale con nada.

Y es que en los viajes todo es posible. Cambiarse el nombre, inventar otra profesión, levantarse muy tarde o muy temprano, sonreírle a bellos hombres desconocidos, comprar en las plazas pequeñas curiosidades, comer nuevos alimentos a pesar de las dietas y las restricciones médicas.

Ahí ya se está cocinando algo a fuego lento. Ahí ya los jugos están saliendo, ahí ya, mujeres, ahí ya pasa algo por dentro…

Por esto, por todo lo que a diario soñamos, por las pérdidas, por las futuras ganancias, por lo que deseamos ser y no nos atrevemos, por el cansancio, por la rutina que nos paraliza, es que las invito a experimentar el viaje como ritual de encuentro con nosotras mismas y con nuestros propios jugos que hemos olvidado cocinar por estar atendiendo a otros, por estar en la carrera del posicionamiento laboral, por fugas de energía afectivas.

La invitación que le hago a las mujeres es a prender el fogón, porque en cada viaje se cocina algo por dentro. Algo nuevo llega de regreso con nosotras, algo dejamos, algo perdemos, algo ganamos. Un nuevo plato de la cocina mística está a punto de ser disfrutado por nosotras mismas.